jueves, abril 11, 2024

Stalin-Beria. 2: Las purgas y el Terror (2): Los dos decretos que nadie aprobó

El día que Leónidas Nikolayev fue el centro del mundo
Los dos decretos que nadie aprobó
La Constitución más democrática del mundo
El Terror a cámara lenta
La progresiva decepción respecto de Francia e Inglaterra
Stalin y la Guerra Civil Española
Gorky, ese pánfilo
El juicio de Los Dieciséis
Las réplicas del primer terremoto
El juicio Piatakov
El suicidio de Sergo Ordzonikhidze
El calvario de Nikolai Bukharin
Delaciones en masa
La purga Tukhachevsky
Un macabro balance
Esperando a Hitler desesperadamente
La URSS no soporta a los asesinos de simios
El Gran Proyecto Ruso
El juicio de Los Veintiuno
El problema checoslovaco
Los toros desde la barrera
De la purga al mando
Los poderes de Lavrentii
El XVIII Congreso
El pacto Molotov-Ribentropp
Los fascistas son ahora alemanes nacionalsocialistas
No hay peor ciego que el que no quiere ver
Que no, que no y que no


El 2 de diciembre, llegaron a Moscú, en el mismo tren, Stalin, Zhdanov, Molotov, Voroshilov, Yezhov, Yagoda, Vyshinsky y otros de parecido jaez. Stalin se bajó del tren en silencio, se plantó delante de Medved, y lo abofeteó en público. Luego se volvió hacia Formin para que le informase. El equipo de dirigentes fue al hospital donde a Kirov le habían hecho la autopsia la noche anterior, y luego al Smolny. Allí, Stalin interrogó a Medved, a Nikolaev y a su mujer. Nikolaev, aparentemente, no reconoció a Stalin inicialmente; pero cuando lo hizo se puso histérico. Según la Shvernik, cuando Stalin le preguntó por qué había hecho lo que había hecho, Nikoaev cayó de hinojos y juró que había sido por orden del Partido. Algunas versiones sostienen que dijo: vy zhe sami mne..., o sea, algo así como: “pero, tú me dijiste...”; y que los agentes de la NKVD lo callaron de una hostia.

Tras el interrogatorio, Stalin ordenó que Nikolaev fuese alimentado y tratado por médicos pues, dijo, una vez que se recuperase, confesaría. Entonces mostró interés por interrogar al guardaespaldas Borisov, que estaba detenido. Sin embargo, poco después el secretario general fue informado de que Borisov, aparentemente, se había caído, o se había tirado, desde el camión en el que lo trasladaban al Smolny, y había muerto a la altura de la calle Voilnov. Rosliakov afirma en sus escritos que una persona presente en el momento en que Stalin recibió la noticia le escuchó murmurar: “ni esto saben hacer bien”.

Una de las cosas que los estalinófilos nunca han explicado, ni yo creo que explicarán nunca, es cómo un tipo que va en la parte de atrás cerrada de un vehículo para transportar prisioneros, acompañado por dos agentes del NKVD, puede precipitarse a la calzada así como así. De manera prácticamente inexplicable, el conductor del camión sobrevivió para ser interrogado por la Comisión Shvernik. Lo que declaró es que, en un determinado momento, uno de los dos hombres de la NKVD que iba detrás pasó adelante, cogió el volante y lo giró violentamente, haciendo que el vehículo chocase con el lateral de un edificio. Una vez que el conductor pudo enderezar el camión, los dos policías le contaron que Borisov había muerto en el accidente. Cuatro personas van en un camión, tienen un accidente, tres terminan ilesas, la cuarta muerta. Los dos policías que iban con él detrás nunca pudieron ser interrogados. Fueron ejecutados en el Terror.

El mismo 2 de diciembre, el féretro con el cuerpo de Kirov fue colocado en el palacio Tauride. El 3 por la noche, los moscovitas regresaron por tren a la capital, llevándose el féretro. Según le contaría un miembro de la NKVD represaliado, llamado Korabelnikov, a un preso compañero del Gulag, Lev Emmanuilovitch Razgon, antes de irse Stalin todavía se entrevistó una vez más con Nikolaev. Ignoro si Korabelnikov es un apellido muy común en Rusia y si, por lo tanto, sería muy aventurado preguntarse si este Korabelnikov que se explayó con Razgon en el Gulag podría ser el padre o pariente del general Valentín Vladimirovitch Korabelnikov, nacido en 1946. No tengo datos.

Sea quien sea este Korabelnikov, Razgon dice que le contó que la noche del 1 de diciembre él, junto con otros miembros de la NKVD en Moscú fueron enviados en un tren a Leningrado. Una vez en la ciudad, se les encargó que guardasen a Nikolaev, en turnos de dos guardias cada seis horas que no podían perder de vista al preso en momento alguno. Sin embargo, sí tuvieron que dejar solo a Nikolaev cuando Stalin llegó a verlo; estuvieron más de una hora juntos y solos, según este relato.

Korabelnikov, según su relato, tenía el siguiente turno de guardia tras la marcha de Stalin. Nikolaev, dijo, estaba como sonado por una terrible noticia. Se acostó en la litera y se cubrió la cabeza, como tratando de esconderse de la vista de los demás. Esto estaba en contra de las normas, y el guarda le dijo que no podía hacerlo. Entonces Nikolaev se levantó y comenzó a pasear por la celda, murmurando. Después, comenzó a hacerle a Korabelnikov preguntas un poco estúpidas, como qué estrenaban en el teatro aquella noche; mientras le pedía también detalles de cómo se verificaban los fusilamientos.

El segundo policía de la guardia se llamaba Katsafa. Sobrevivió a Stalin y pudo hacer una declaración en 1956 en la que aseguró que Nikolaev le había dicho que el asesinato de Kirov había sido preparado por la NKVD, y que a él se le había prometido la vida si declaraba que formaba parte de una conspiración zinozievista.

Fomin fue apartado de la investigación. Yakov Agranov, uno de los que habían venido con Stalin de Moscú y hombre entonces de la total confianza de Yagoda, reemplazó a Medved al frente de la NKVD leningradense. En 1935 Medved, Zaporozhets, Fomin y otros mandos de la NKVD de Leningrado fueron detenidos, acusados de negligencia en el ejercicio de sus funciones y exiliados tres años a Siberia. Para lo que se estilaba en Stalin, era una condena bastante blanda; probablemente no buscaba otra cosa que guardar las formas sin poner demasiado nerviosos a los condenados, que yo creo que marcharon a Siberia convencidos de que reharían sus vidas. No fue así, sin embargo. Medved fue asesinado en 1937; Zaporozhets en 1938; y Formin siguió prisionero.

Cuatro meses después del atentado, el 9 de marzo de 1935, la Sala de lo Militar del Supremo, presidida por Ulrikh, condenó a Milda Draule, Olga Draule (su madre) y un tal Roman Kuliner por complicidad con el magnicidio. Los tres fueron ejecutados.

Yuri Lvovitch Slezkine, en su imprescindible The House of Government, describe puntillosamente el golpe durísimo que supuso la muerte de Kirov en La Casa de Gobierno, es decir, el gran edificio de apartamentos que se construyó a orillas del río para la elite soviética del vodka y las putas. Para todos, el hecho de que alguien hubiera podido matar a un miembro del Politburo, a una pieza de la vanguardia revolucionaria, fue una sorpresa mayúscula; y para no pocos supuso, también, la sospecha de que las cosas no iban a quedarse allí. Y no se equivocaban. Cuando el frío les recorría el espinazo, Stalin, probablemente, estaba ya trabajando en las dos directivas que iban a cambiar radicalmente la vida de la URSS, y muy particularmente de su Partido Comunista.

La primera ordenaba a todos los cuerpos y organismos soviéticos dedicados a la investigación criminal la aceleración de sus procesos investigativos en casos de terrorismo. Asimismo, prohibía a los órganos judiciales que pudieran aplazar las eventuales ejecuciones y, en general, impulsar actos de clemencia. La NKVD era encomendada de realizar las ejecuciones. Stalin firmó este decreto en la tarde del 1 de diciembre sin más conocimiento que el de Yenukidze, secretario del Presidium del parlamento; es decir, puenteando con total elegancia al Politburo, donde quizás, sólo quizás, no habría tenido una mayoría suficiente. Pravda publicó el decreto el 4 de diciembre y, si repasáis esa edición, veréis que el periódico dice que la directiva fue aprobada tras una reunión del parlamento; cosa que es simplemente falsa. No hubo tal reunión, ni votación, ni nada.

La segunda directiva fue publicada por el mismo periódico al día siguiente, 5 de diciembre, y también bajo la forma de decreto de ese mismo Presidium que nunca se reunió, aunque llevaba las oportunas firmas de Kalinin, presidente del parlamento; y de Yenukidze, secretario. Este decreto establecía que, en el caso de delitos de terrorismo contra dirigentes comunistas, la investigación correspondiente se completaría en diez días; las imputaciones se le comunicarían al imputado un día antes del juicio; los juicios se celebrarían sin presencia del acusado; las sentencias eran inapelables y no podían ser objeto de medidas de clemencia; y, en el caso de sentenciarse a muerte, la ejecución sería inmediata.

La maquinaria comenzó a rodar inmediatamente. Al día siguiente, 6 de diciembre, Pravda informa ya de que 71 “rusos blancos” arrestados ya en el pasado por supuestos cargos de conspiración anticomunista habían sido juzgados el día anterior por la Sala de lo Militar; que todos menos cinco habían sido condenados a muerte; y que para el momento en que se estaba leyendo el periódico, ya estaban fusiladitos. Todos ellos estaban presos cuando Kirov fue asesinado; así pues, su participación en los hechos de Leningrado es, cómo decirlo, difícil de adverar. Pocos días después, otros 28 rusos blancos fueron asesinados en Kiev por el mismo procedimiento.

El 3 de diciembre, la NKVD emitió un informe en el que, 48 horas después de que Sergei Kirov dejase de respirar, anunciaba una investigación en marcha sobre los contactos de Nikolaev. Obviamente, éste era el objetivo de Stalin. Para el secretario general, deshacerse de Kirov era un beneficio; pero el beneficio mayor era colgarle el muerto a otra gente. Durante su estancia en Leningrado, la NKVD informó a Stalin de que llevaba un tiempo investigando a un grupo de militantes del Komsomol local que celebraban reuniones, aparentemente (y de hecho era así) para preparar un libro con la Historia de las juventudes comunistas de Leningrado. La NKVD había querido arrestarlos, pero a Kirov le había parecido una chorrada. Stalin convirtió aquellas reuniones en una célula terrorista, y exigió que fuese conectada con Zinoviev, Kamenev y otros de su tendencia.

El 15 de diciembre, Zhdanov, que había tomado el puesto de Kirov al frente del Partido en Leningrado, anunció que lo tenía todo aclarado. A través de una reunión de lo que ya se conocía como “el centro de Leningrado”, es decir los presuntos terroristas, había conseguido saber que la responsabilidad del atentado contra Kirov era de Zinoviev y sus parciales. Al día siguiente, en una sesión cerrada conjunta de los plenos de los Comités Centrales del Partido en la ciudad y la región de Leningrado, Agranov presentó un informe en el que se decía que el atentado había sido preparado por una sección de juventudes comunistas favorable a Zinoviev. Se acusó a Ivan Ivanovitch Kotolynov, Vladimir (¿Vladimirovitch?) Rumyatsev y K. N. Shatsky, todos ellos bajo las órdenes de Zinoviev, Kamenev, Yevdokimov, Iván Petrovitch Bakaev, y otros viejos miembros de la oposición. Esto lo sabemos porque Rosliakov estaba presente.

Quince de estos altos miembros del Partido, entre ellos Zinoviev y Kamenev, estaban presos apenas unas horas después en Moscú. Una semana después, se anunció que en el caso de Zinoviev, Kamenev y otros cinco había sido trasladado a un comité especial del NKVD, por falta de pruebas, con vistas a una sanción administrativa (exilio); el resto estaban bajo investigación todavía. En paralelo, Stalin envió una carta-circular a los partidos comunistas territoriales exigiéndoles que comenzasen la purga de elementos facciosos y terroristas. Para empezar, todos los que se hubiesen mostrado como seguidores de Kamenev, Zinoviev o Trotsky debían ser inmediatamente expulsados del Partido.

Aparentemente, el 22 de diciembre la NKVD había conseguido, a base de prometerle cosas, que Nikolaev confesase su relación con el centro de Leningrado y, por lo tanto, su confluencia con el zinozievismo a la hora de cometer el magnicidio. Así lo anunció dicho departamento; aparentemente, Nikolaev incluso admitió que Kotolynov había sido su correo de enlace.

El 27 de diciembre, Vyshinsky, fiscal general adjunto de la URSS, firmaba el acta de acusación. Hasta catorce acusados eran imputados por haber formado una formación zinozievista clandestina dirigida por ocho miembros del centro de Leningrado. Estos conspiradores habían sido financiados por el cónsul de un Estado extranjero (no se decía cuál) y habían tratado de contactar a Trotsky y a un grupo de rusos blancos emigrados.

El juicio duró dos días y se verificó a puerta cerrada. Los catorce fueron encontrados culpables y sentenciados a muerte. El que peor lo llevó fue Nikolaev quien, repentinamente, comenzó a luchar con sus guardias para liberarse. Fueron ejecutados inmediatamente el día 29.

Existen diversos testimonios de que a finales de diciembre, Stalin convocó una sesión del Politburo para explicar las “evidencias” en el caso contra el centro de Leningrado. Al parecer, esa reunión fue abiertamente tumultuosa. Kuibyshev, según algunos testimonios, habló en nombre de varios miembros del Politburo para proponer la creación de la comisión del Comité Central que abordase su propia investigación paralela a la de la policía. La moción no fue aprobada, y la cosa es que Kuybishev, que era joven (47) la roscó poco después, oficialmente de una enfermedad cardiaca. En 1938, cuando Yagoda cayó en desgracia y fue purgado, uno de los cargos de su juicio fue haberse cargado a Kuibyshev.

Stalin, a través de Yagoda, contactó con Gorky. El escritor tenía frecuentes tertulias con Kamenev y, precisamente por eso el secretario general valoraba mucho que pudiera eventualmente escribir un artículo sobre la movida apoyando sus posiciones. Gorky le dijo que no. Semanas después, el escribor Fyodor Panfiorov escribió un artículo poniendo a parir a Gorky. Visto lo visto, es lo mejor que le podía pasar.

El 16 de enero de 1935, Pravda publicó un artículo sobre Yenukidze, en el que venía a decir que su mítica aportación a la revolución: el mantenimiento de una imprenta clandestina en Bakú en 1904, en realidad no era su mérito. El apelado reaccionó, como ya os he contado, lanzando una de esas pasiones de autocrítica tan comunes en el comunismo y comenzó a darse golpes públicos de pecho en plan lo que yo he hecho no ha sido para tanto y, de hecho, acusándose de no haber sido un verdadero bolchevique. Estaba tratando de bracear en las arenas movedizas, claro. Algunas semanas después, fue nombrado para un oscuro puesto en Transcaucasia. En junio de 1935, el Comité Central lo expulsó, primero del propio Comité, y después del Partido. Yezhov, en posesión de la secretaría del Comité que había sido de Kirov, lo acusó de “complacencia criminal”, que habría hecho posible el diseño de un atentado contra Stalin.

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